Celebramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la Catedral del Papa, como Obispo de la diócesis de Roma, “Madre y cabeza de toda las iglesias de Roma y de toda la tierra”, consagrada por el Papa san Silvestre, en el año 324. Pero la fiesta que celebramos hoy no se reduce a un simple recuerdo histórico. La Palabra de Dios que escuchamos descubre su profundo sentido teológico y espiritual: el valor sagrado de los templos, pero sobre todo presenta a Jesús como el auténtico Templo santo y a nosotros mismos como templos de Dios.
Aunque Dios no necesita templo, ya que él es el dueño y Señor de todo cuanto existe y todo el universo es su morada, sin embargo él ha querido elegir espacios para manifestar especialmente su presencia y santidad. Si bien toda la tierra es suya, por ser obra de su creación, Él eligió a Israel para consagrarlo como su pueblo; y aunque éste es su pueblo santo, sin embargo el mismo escogió a Jerusalén como ciudad particularmente santa; pero dentro de esta ciudad hay un lugar especial consagrado a su Nombre y a su culto, el Templo. Todavía más, dentro del Templo existe el lugar más sagrado, el “Santo de los santos”.
El Templo es, por tanto, signo elocuente y emblemático de la presencia de Dios y espacio privilegiado para encontrarse con Él. Ya desde la peregrinación por el desierto, fue construido un santuario portátil, el “tabernáculo” (Ex 26-27), signo de la presencia divina.
Ya en la Tierra prometida se buscaron lugares privilegiados de culto (Siquem, Siló, Mambré…). Y David manifestó su deseo de construir una “casa a Dios” (2 Sam 7,4-17), pero fue Salomón, uno “de su casa”, quien construyó el Templo en Jerusalén. Allí acuden las tribus para “contemplar a Dios” (Sal 42,3), para alabarlo y darle culto. Aunque el trono de Dios está en el cielo, el templo es un espacio terrenal que hace presente su palacio celestial.
Sin embargo, la belleza del templo, durante la monarquía fue opacada por cultos vacíos y ceremonias rituales, carentes de justicia y misericordia, por lo que Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros profetas denunciaron esas prácticas desagradables a Dios, incluyendo idolatrías (Ez 8,7-18), y anunciaron la destrucción del Templo, en castigo por los pecados (Jer 7,12-15; Ez 9-10). La ruina se interpretó como abandono del Señor de su morada profanada (Ez 10,4). Sin embargo también se miró con esperanza su reconstrucción, en la restauración nacional (Ez 40-48), impulsada por Ageo y Zacarías.
Desde la época profética fue surgiendo en Israel la necesidad de un culto más espiritual, acorde a las exigencias de una “religión del corazón”, el que no se funda tanto en las manifestaciones exuberantes del culto ostentoso, sino ante todo en la sencillez “del corazón contrito y del espíritu humilde”.
Como los profetas, Jesús respeta el Templo y su culto. Él mismo, con frecuencia, acudía en las fiestas al lugar especial de encuentro con su Padre. Él no reprueba el culto en sí mismo, pero sí el formalismo y su práctica vacía (Mt 5,23; 12,3-7). El Templo es “la casa de su Padre”, por eso, como narra san Juan, se indigna cuando se le profana y arroja de él a los mercaderes para purificarlo. Pero también anuncia su destrucción y aprovecha para presentar el Templo de su cuerpo. Por eso no es extraño que al morir Jesús, “el velo del templo” se desgarre (Mt 27,39), para dar paso al auténtico y verdadero Templo de Dios.
Después de la purificación del Templo, san Juan apunta: “Él hablaba del templo de su cuerpo…”. Este nuevo y definitivo Templo no está hecho por mano de hombre, es el Verbo eterno de Dios que establece su morada entre los hombres, pero que tiene que pasar por la muerte y resurrección. Después de la resurrección este cuerpo posee un nuevo estado transfigurado que le permite hacerse presente en todos los lugares y en todos los tiempos, sobre todo en la Eucaristía.
Los cristianos conocemos quién es el Nuevo Templo: Jesús. Pero, nosotros mismos somos también el nuevo templo espiritual (“cuerpo místico” de Cristo). Por eso dice Pablo: “¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?…”. Somos este templo espiritual que hace presente el cuerpo místico de Cristo en el mundo, pero al mismo tiempo requerimos de signos tangibles y espacios para celebrar los misterios del Dios invisible y presente en la historia.
La fiesta de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán nos da la oportunidad no sólo de redimensionar el significado de nuestros templos materiales y del el genuino sentido del culto que tributamos, y de redescubrir a Jesucristo como el verdadero Templo, sino también nos lleva a recordar que nosotros mismos somos templos santos de Dios, que nadie tiene derecho a profanar. Por lo que son graves los actos que nos denigran, ya que no sólo poseemos la dignidad de seres humanos, sino también la de ser templos del Espíritu Santo.
