El tema principal de la Palabra de Dios se enfoca en el sentido y alcance de los mandamientos. En la Antigua Alianza no sólo sirvieron para regular la vida cotidiana del pueblo (sentido social), sino que, siendo ante todo la Torâh, es decir, “Instrucción santa” y “Ley divina”, fueron entendidos como revelación de Dios a Israel, a través de mediadores, y fueron signos de la alianza pactada con Él (sentido teológico).
Para el Deuteronomio, los mandamientos, que el mismo Dios pone al alcance de las capacidades humanas (en la boca y en el corazón: dentro y fuera del hombre), deben ser guardados porque son expresión de su voluntad divina. Observarlos equivale a escuchar la voz del Señor para convertirse a Él, “con todo el corazón y con toda el alma”.
En tiempos de Jesús se hablaba de 613 mandamientos, entre “pesados” y “ligeros”, pero se exigía el cumplimiento de todos y cada uno de ellos. Algunos maestros, como Rabí Shammay, se oponían a reconocer un precepto mayor, pues temían que fuera en detrimento de los restantes; en cambio otros, como Rabí Hillel, no tenían problema al respecto.
San Lucas refiere que un maestro de la ley se acerca a Jesús, mientras va de camino a Jerusalén, para preguntarle: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Llama la atención que no se trate de una persona sencilla del pueblo o de un gentil que busca convertirse, sino precisamente de un maestro de la ley. Se percibe su mala intención. Jesús no responde directamente a la pregunta del letrado. Más bien se la revierte con otras dos: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. El maestro de la ley responde con el Shema’ (Dt 6,4-9): la confesión de un solo Dios, al que hay que amar por encima de todo. “Corazón, alma y fuerzas” simbolizan las más grandes potencialidades humanas. El amor a Dios abarca integralmente a la persona completa.
Llama la atención que el maestro de la ley añada al Shema’ un precepto proveniente de Lv 19,18, el del amor al prójimo, equiparándolo a los del Decálogo. Esto resulta extraño. En general los israelitas tenían la firme convicción de que el amor a Dios, como reza el Shema’, era lo más importante. No pensaban que el “Precepto” por excelencia se pudiera equiparar a ningún otro. Con el tiempo, algunos maestros, quizás por influencia del cristianismo, exaltaron a Lv 19,18, como Rabí Hillel, que propuso la “regla de oro” como resumen de toda la ley.
Entonces el maestro de la ley, para “justificarse”, es decir, para no evidenciar lo capcioso de su pregunta, formula otra, acerca de la identidad del “prójimo”. Ciertamente no había acuerdo en este punto. El “prójimo” podía ser alguien de la propia familia, de la misma tribu o cualquiera del pueblo judío. Jesús no responde teóricamente. Con una parábola ilustra quién es el prójimo y concluye en una enseñanza clara y contundente.
La parábola trata de un desconocido, asaltado en el camino, herido y dejado medio muerto, una persona en necesidad extrema y apremiante urgencia de ayuda. Junto a él pasan dos personajes relevantes en la sociedad y religión de Israel. No es fortuito que sean un sacerdote y un levita, ni que vayan a Jerusalén para ejercer culto en el Templo. La parábola denuncia y desenmascara la religión legalista que se ocupa más de normas de pureza ritual (Lv 5,2; Nm 19,11) que de lo más importante, la caridad con el prójimo.
La figura de samaritano es más impactante, pues era un despreciado por los judíos, por cuestiones históricas. Eclo 50,26 se refiere a Samaria como “pueblo necio”. Sus habitantes eran indeseables. Sin embargo, resulta paradójico que sea precisamente uno de ellos quien se compadezca del herido.
La expresión literal: “las entrañas (del samaritano) se le agitaron” indica la reacción ante los sufrimientos del hombre caído. Además de curar y vendar sus heridas, lo llevó a un lugar seguro, cuidó de él y se hizo cargo de sus necesidades, a pesar de no conocerlo. Ésta es la actitud del auténtico prójimo.
La parábola es un recurso literario, un relato que se construye con imágenes. Sin pretender narrar un hecho histórico propiamente tal, lo es en el sentido de que narra algo que acontece en la historia humana. Jesús es ese “buen samaritano” lleno de compasión hacia nosotros: nos levanta de nuestras caídas, cura nuestras heridas, nos cuida, nunca nos abandona, pero también nos enseña a ser compasivos con quienes nos necesitan.
Los discípulos misioneros de Cristo, que nos alimentamos con la Palabra y la Eucaristía, podemos aprender su estilo de vida. Si un maestro de la ley fue invitado a imitar al samaritano de la parábola, con cuanta mayor razón nosotros que, desde el bautismo, hemos recibido la vida nueva de aquel “en quien habita toda plenitud”, estamos llamados a seguir ese ejemplo. Aprendamos a imitar a quien siendo “Imagen de Dios invisible y primogénito de toda la creación…”, decidió hacerse “Buen Samaritano”, para levantarlos de nuestras caídas y curar nuestras heridas.
