En el mundo de la mercadotecnia, pero también de la política, suele darse importancia exagerada a la “imagen”. Se invierten enormes cantidades de dinero para el fomento de la “buena imagen” de instituciones y personas, que con frecuencia se reduce a apariencias, fugaces y falaces maquillajes.
San Mateo refiere que Jesús ha llegado a la mitad de su camino a Jerusalén. Su predicación ha sido acreditada por los milagros, como la curación de la hija de la mujer cananea. En cierto momento pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Pero al Señor no le interesan las opiniones sobre su imagen, más bien quiere ir revelando su verdadera identidad mesiánica, a través del encuentro personal con él y con su mensaje de salvación, en la medida que se acepte el reino de Dios.
Las respuestas de la gente son positivas pero inexactas. Siempre era un elogio comparar a una persona con Juan el Bautista, con Jeremías o con alguno de los profetas. Se podría decir que según la opinión de la gente, la imagen de Jesús era muy favorable, a pesar de no conocer con exactitud su identidad y de que no coincidía con las expectativas de la mayoría acerca del Mesías. La gente lo reconocía como un gran personaje, aunque su forma de actuar generaba desconcierto.
Sin aprobar o rechazar lo que dice la gente sobre él, Jesús interroga a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” La respuesta de Pedro es exacta, certera y precisa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Sin embargo el mismo apóstol no logra entender el alcance de sus palabras. Pedro afirma correctamente quién es Jesús, pero aún está muy lejos de comprender y asimilar lo que significa su real y genuina condición mesiánica. Aun no entiende por qué el Mesías debe padecer, morir y resucitar. Poco a poco lo va a ir comprendiendo, en la medida en que vaya amoldando su mente y corazón al estilo de vida de su Maestro.
Jesús no sólo aprueba la respuesta de Pedro, sino que le responde con una bienaventuranza: “¡Dichoso tu Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos!”; le da una misión: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y añade una doble promesa: “Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado…”
La pregunta de Jesús es actual y exige una respuesta, pero de carácter existencial. “¿Quién dicen ustedes que soy yo?” es una interrogante que no espera respuestas teóricas, sino que comprometan la vida: ¿quién es él realmente para mí? Los fariseos que lo espiaban estaban bien informados sobre él y hasta los demonios sabían quién era. Hay ateos que conocen mucho sobre Jesús, otros citan sus palabras para legitimar ideologías o justificar pretensiones ajenas y hasta opuestas a la enseñanza del Señor.
Es triste también constatar que muchos cristianos católicos no somos coherentes con la “confesión de nuestra fe”. Le decimos a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios…”, pero actuamos contrariamente a sus criterios y estilo de vida. Algunos, bajo pretexto de libertad, actúan contra la vida, la verdad, el amor, la justicia, la paz… Es contradictorio decirse “católico” sin implicarse en la construcción del reino de Dios. Jesús no busca encuestas de opinión, sino respuestas que involucran la existencia.
Es fuerte el reproche de Isaías contra quien debiendo ser servidor de Dios, ha abusado del poder y siendo sólo mayordomo de palacio es arrogante, se ostenta como rey, comete arbitrariedades y desprecia al Señor. Quien debiera servir y cuidar al pueblo, se ha convertido en su tirano y opresor. Por eso, el Señor lo rechaza y elige un nuevo servidor, a quien entregará “las llaves del palacio” y hará firme como un “clavo en el muro”. Esas palabras, que denotan el límite de la divina paciencia, han de resonar en nuestros propios oídos como la justa advertencia del Dios bondadoso, que ha dado a Pedro las llaves, pero le exige y nos exige una adhesión de fe.
La genuina confesión de fe significa compromiso. Al hacerla, Pedro tiene que iniciar un largo camino de aprendizaje junto a Jesús. Necesita ir descubriendo todo lo que implican sus palabras, hasta llegar a la entrega de su vida, como lo hizo su Maestro. Sólo así podrá realmente tener las “llaves del reino de los cielos”.
También nosotros necesitamos dejarnos cuestionar por Jesús. La mejor respuesta sólo tendrá lugar en el diálogo íntimo con él. Nuestra confesión de fe será genuina si confrontamos nuestros criterios, pensamientos y prioridades con lo que exige el reino de Dios. Necesitamos la “insondable sabiduría”, que cita san Pablo en la carta a los Romanos. Requerimos conocer la mente del Señor para saber responder a su revelación y no seguir criterios mundanos que nos envuelven en sus mentiras y falsedades.
Atrevámonos a responder con sinceridad quién es en verdad Jesús para nosotros. Confrontemos la respuesta con nuestra vida y descubramos si no son sólo fórmulas aprendidas de memoria, si vivimos lo que decimos creer y si nuestro actuar expresa la relación personal con él. Si no nos hemos dejado cuestionar o si alguna vez lo hicimos pero ya lo hemos olvidado o abandonado, es el momento de volver a él, como nos exhorta el Papa Francisco: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por él, de intentarlo cada día sin descanso… (Evagelii Gaudium 3). No tengamos miedo de abrirle el corazón a Cristo, alimentados con su Palabra y su Eucaristía.
