La Palabra de Dios, en este domingo, nos coloca ante una disyuntiva: seguir los criterios de Dios o los del mundo. Jesús reprocha a Pedro porque trata de disuadirlo para que no cumpla el designio del Padre en la misión que le ha dado, es decir, que no asuma el sufrimiento, la cruz, la muerte y la resurrección. El reproche se debe a que ese “modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. También san Pablo exhorta a los cristianos de Roma para que “no se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Por su parte, el Profeta Jeremías reconoce que “se ha dejado seducir” por Dios, esto significa que ha aceptado el mensaje divino y la misión de anunciarlo, pero se ha topado con el rechazo de los que prefieren seguir otros caminos.
 
Por tanto, la liturgia de este domingo evidencia que la forma de actuar de Dios está lejos de los criterios con frecuencia mezquinos y egoístas, que rigen en la vida de los seres humanos y distan mucho de los de Dios. Mientras los humanos buscan privilegios, prerrogativas confort, placer, poder… Dios y su Mesías juzgan y actúan con criterios que parecen extraños, difíciles de comprender, incluso dan la impresión de ser injustos.
 
 
San Mateo narra cómo Jesús, después de discutir con algunos fariseos y saduceos (15,1-16,4), advierte a sus discípulos que tengan cuidado con la “levadura” de ellos, es decir que se cuiden de sus enseñanzas y formas de actuar, por lo que los llama a creer sin vacilar (16,5). Al llegar a Cesarea de Filipo, Jesús les pregunta acerca de lo que la gente dice de él, y sobre todo los interroga sobre lo que ellos mismos piensan. Pedro confiesa: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Esta respuesta se gana una alabanza y una promesa: Pedro será depositario de las llaves del Reino de los cielos, con la autoridad de atar y desatar.
 
 
Sin embargo la narración del evangelio da un vuelco radical. Jesús pide a sus discípulos que no digan a nadie que él es el Mesías, pues quiere evitar una falsa comprensión de su identidad y misión. Entonces empieza a revelar la naturaleza de su mesianismo. Les anuncia que “tenía que ir a Jerusalén para padecer allá mucho… que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. Estas palabras impactan mucho a sus discípulos, quienes, sufren desánimo y desilusión. Quizás por esto Pedro se lleva aparte a Jesús para intentar disuadirlo, es decir convencerlo que esa no podría ser la suerte del Mesías el Hijo del Dios vivo.
 
 
La actitud de Pedro es bien intencionada, pero denota su incomprensión. Al decir a Jesús: “no lo permita Dios, Señor, eso no te puede suceder”, desea evitarle el camino sufriente. El intento de amable deferencia hacia su Maestro es fallido. Por eso, Jesús le responde duramente: “Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino”. Llamar “Satanás” a quien Jesús acaba de llamar “dichoso” es paradójico, sin embargo es lo que sucede cuando no se asumen los criterios de Dios.
 
 
Pedro pretende ofrecer un gesto de aprecio a Jesús. El problema es que no ha entendido la exacta identidad del que ha confesado como “Mesías, Hijo de Dios vivo”. Aunque su profesión de fe es correcta, no acepta el camino de la cruz y muerte. Él necesita entender que el camino de Jesús no es de éxitos mundanos, sino de servicio y entrega por amor. La desaprobación es: “porque tu modo de pensar no es el de Dios sino el de los hombres”. De la alabanza, pasa al reproche. El contraste es muy fuerte, pero necesario para que Pedro aprenda los criterios de Dios. De “roca donde Jesús edifica su Iglesia”, Pedro pasa a ser “piedra de tropiezo” para el mismo Jesús.
 
 
Sin embargo la lección no es sólo para Pedro. Es para los discípulos de todos los tiempos, para los que nos cuesta entender su misión salvadora, a través del sacrificio, del aparente fracaso y de la muerte. Como a Jeremías, el Señor puede “fascinarnos”, “seducirnos”, pero cuando nos muestra los costos de la fidelidad a él, pueden ser objeto de burlas y rechazos, nos da temor y corremos el riesgo de volver a los criterios mundanos.
Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo. Al contrario, como Padre, busca aliviar el dolor, la enfermedad y toda clase de penas de sus hijos, sobre todo remediar los males causados por el pecado. Para llevar a cabo este misterio de redención ha optado por algo impensable, según los criterios del mundo, la cruz de su propio amado Hijo.
 
 
La cruz rebasa toda lógica humana. Supera los criterios que suelen regir las conductas. Ella es el símbolo más claro y elocuente del amor hasta el extremo. No es sólo la imagen del suplicio de un condenado a muerte, sino la expresión más emblemática del amor oblativo de aquel que entregó su vida para rescatar a los subyugados por el pecado, la muerte y el Diablo. No es fácil entender esto. Pedro y los otros discípulos tampoco lo comprendieron en el inicio. Lo fueron aprendiendo, en la medida en que fueron abandonando los “criterios de este mundo” y asumiendo los de Jesús, que son, en última instancia, los mismos del Padre celestial.
 
 
Los criterios de Cristo no concuerdan con las categorías e intereses mundanos, como utilitarismos, triunfalismos, orgullos, vanaglorias… La propuesta de Jesús es aceptar el reino de su Padre, aunque como pasó con Jeremías y con Pablo, encuentre incomprensión, rechazo, sufrimiento, persecución y muerte. Sus discípulos asumirán también la misma cruz que implica el seguimiento fiel al Maestro Jesús, quien nos anima y alimenta con su Palabra y su Eucaristía.