XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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MENSAJE DOMINICAL DE SU EXCELENCIA SR. OBISPO ADOLFO MIGUEL: XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

26 de julio de 2020

Hermanos en Jesucristo, Sabiduría del Padre

En ámbitos diversos de la sociedad se impulsan programas referentes al “desarrollo humano”. El “Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo” (PNUD), denomina así a aquello que sitúa a las personas en el centro de su propio desarrollo, fomenta su promoción, propicia el aumento de sus posibilidades y el disfrute de su libertad.

Según el “Programa”, el desarrollo humano debe satisfacer las necesidades de las personas, las cuales han sido clasificadas por el psicólogo A. Maslow (Una teoría sobre la motivación humana, 1943) en una especie de pirámide.

Según ésta, la persona requiere satisfacer desde las necesidades básicas, como las fisiológicas, hasta llegar a la “autorrealización”. A partir de esa jerarquización, Maslow sostiene que conforme las personas satisfacen las necesidades del inferior de la pirámide, desarrollan las más elevadas. En el nivel más alto está la “necesidad de ser” y “autorrealización”. De esta satisfacción depende mucho encontrar sentido válido a la vida.

 

Sin duda es bueno entender al ser humano en crecimiento y buscando la satisfacción de sus necesidades más elevadas. Sin embargo habría que preguntar, ¿la “autorrealización”, constituye realmente la meta más alta a la que aspiramos? ¿No existe algo que pueda dar mayor felicidad a las personas que satisfacer sus propias necesidades?

Rey Salomón

El primer libro de los Reyes narra una experiencia que rebasa toda expectativa humana ordinaria, la de un joven e inexperto rey que acaba de asumir la responsabilidad de gobernar. El Señor se le apareció en sueños a Salomón y le ofreció: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Se trata de un ofrecimiento totalmente fuera de lo común. Pero, de manera también increíble, el joven monarca no pidió a Dios lo que se hubiese esperado: poder, conquistas para ensanchar su territorio, larga vida, riquezas o la muerte de sus enemigos… Salomón sólo pidió a Dios “sabiduría de corazón para gobernar a su pueblo y distinguir entre el bien y el mal”.

 

Esa petición rebasa la búsqueda de satisfacción de las necesidades humanas, superando con mucho la pirámide de Maslow. La sabiduría que pide Salomón excede la satisfacción personal más alta. Aunque la sabiduría es un don para uno mismo, su principal cometido es el servicio a los demás. Libre de afanes egoístas, Salomón pide sabiduría para gobernar bien a su pueblo. Esto le agrada a Dios, quien le concede “un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes, ni lo habrá después”. Además le dio lo que no le había pedido, “tanta gloria y riqueza que ningún rey se le pudo comparar”. La sabiduría es el mejor de los bienes porque redunda en beneficio de todos.

En la misma línea de la sabiduría que viene de Dios, se ubican dos parábolas, casi al finalizar el discurso en el capítulo 13 de san Mateo. Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo y con un comerciante en perlas finas. Las dos imágenes subrayan la exigencia que el Señor pide a sus discípulos y señalan la necesidad de una sabia opción fundamental, unida al gozo por el hallazgo. “Tesoro” y “perlas” designan grandes valores que a nadie pueden dejar indiferentes. Exigen un compromiso radical y absoluto.

PARÁBOLA DEL TESORO ESCONDIDO

La imagen del tesoro escondido en un campo alude a una vasija de arcilla enterrada con monedas o piedras preciosas. En razón de las múltiples guerras en Palestina y sus alrededores (por su posición geográfica, entre Mesopotamia y Egipto), ante un inminente peligro, las personas solían esconder sus objetos valiosos. Pasada la amenaza, los tesoros eran desenterrados, pero otros quedaban ocultos hasta que alguien tenía la suerte de hallarlos. El hombre que encuentra el tesoro, un jornalero que trabaja un campo ajeno, de modo insólito, no lo saca de inmediato, sino que vuelve a esconderlo. No intenta extraerlo con ventaja (lo “normal” para muchos de nosotros). Más bien, “lleno de alegría” por el hallazgo renuncia a todo y lo adquiere.

Todo es sorprendente e inesperado. El hombre afortunado no tiene prisa. Vuele a esconder el tesoro, vende sus posesiones y adquiere el campo. Esconderlo de nuevo tiene relevancia, pues el tesoro no puede ser obtenido con facilidad, ventajosamente y, menos, ilegalmente. El hombre procede con toda rectitud, pues al comprar el campo adquiere también el tesoro. El énfasis recae en “vender todo lo que tiene” para comprar el campo. Esta última acción concluye la enseñanza.

La otra parábola va en la misma línea: “También es semejante el Reino de los cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra”. Ahora es un comerciante acaudalado, dispuesto a invertir su capital en lo más valioso. A diferencia del campesino que por azar encuentra el tesoro, el comerciante busca ex profeso perlas preciosas. El encuentro ya no ocurre fortuita e inesperadamente. El hallazgo del comerciante es consecuencia de la búsqueda.

Las dos parábolas convergen en lo esencial. Los personajes actúan exactamente igual: “van, vende todo lo que tienen y compran”. Sin importar cómo, tienen la capacidad de descubrir y optar por el valor supremo y absoluto del Reino, ante el cual relativizan todo lo demás. Asimismo el sabio pescador, es capaz distinguir entre peces malos y buenos. Sabe desechar los malos para quedarse sólo con los buenos.
Para Salomón el bien supremo fue la sabiduría, para los discípulos de Jesús es la opción por el Reino: asunir la soberanía de Dios como el centro de toda la vida, por encima de cualquier satisfacción personal, incluída la propia “autorrealización”. Así se hace realidad lo que dice san Pablo: “todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él, según su designio salvador”.
Padre nuestro, enséñanos a buscar tu sabiduría para poner tu Reino y su justicia en el centro y como el valor supremo de nuestra vida, y desde allí dimensionar todo lo demás, en su justo valor. Para que amándote y optando por la sabiduría de tu Reino, todo eso contribuya para nuestro bien.

Director de los Medios Digitales de la Diócesis de Azcapotzalco
Instagram: ramses_oliver

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