El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús manifestando su poder divino, al calmar la tempestad. Este episodio está preparado por el diálogo en el que Dios recuerda a Job su poder sobre el mar. Por su parte, san Pablo se refiere al amor de Cristo que murió por todos nosotros, dejando así de usar el poder que su Padre le confirió.
 
San Marcos presenta a Jesús con sus apóstoles en una pequeña embarcación, atravesando lago de Galilea, cuando se levanta una fuerte tempestad. El lago se encuentra a unos doscientos metros bajo el nivel del mar, por lo que el viento tiende a llenar este espacio y las tempestades violentas son comunes. La peligrosa situación es descrita por el evangelio: “Se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca”, al grado de llenarla de agua. Jesús, cansado de una extenuante jornada en su ministerio, duerme tranquilamente en la popa sobre un cojín, a pesar del fuerte movimiento y del ruido estrepitoso. Los discípulos espantados lo despiertan y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Jesús reacciona: “Se despertó y reprendió al viento y dijo al mar: ‘¡Cállate y enmudece!’ Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma”.
 
La descripción de san Marcos hace contrastar la humanidad sencilla de Jesús con su poder divino. Por una parte, cansado de su actividad, él duerme, pero por otra él mismo es el Mesías, capaz de dominar con su palabra poderosa la fuerza de las aguas y calmar la terrible tormenta.
Una vez restaurada la calma, Jesús reprocha a sus discípulos: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Parece contradictorio que ellos, a los que había llamado “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14), estando precisamente en su compañía, no hayan sido capaces de encontrar la seguridad que necesitaban. Lo habían seguido por haber creído que él era el Mesías y Salvador, sin embargo, en la prueba, se dejan invadir por el temor que les genera un fenómeno natural.
 
La lección es clara no sólo para los apóstoles que acompañaron a Jesús en aquel momento, sino para todos los que creemos en él, en cualquier tiempo y lugar. Esa falta de fe suele ocurrir en situaciones difíciles, a pesar de que sabemos y debiéramos estar convencidos de que el Señor está con nosotros. Sin embargo, muchas veces no somos capaces de percibir su cercanía y experimentar la seguridad de su presencia. Cuando el miedo y la incertidumbre nos aprisionan, se nos olvida que creemos en el Dios omnipotente y misericordioso y en su Hijo, nuestro hermano y salvador.
 
Posiblemente la falta de fe de los discípulos se debió a que la presencia de Jesús les pareció muy humana y no fueron capaces de trascender. En el momento de la prueba no pudieron ir más allá de lo sensible, para mirar con los ojos de la fe y reconocer en Jesús al Señor y Mesías de Dios. La falta de fe los hizo dudar, por eso se preguntan unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” De aquí surgen preguntas para nosotros: ¿en verdad sabemos quién es Jesús?, ¿realmente confiamos en él? No se trata de preguntas teóricas, sino existenciales, que exigen respuestas con repercutan en la vida.
 
Si recordamos, el Papa Francisco tomó ese texto de la tempestad y del miedo de los discípulos en su mensaje del 27 de marzo de 2020, desde la desierta Plaza de San Pedro, en el momento más crítico de la Pandemia de COVID 19, cuando todo parecía desolación e incertidumbre.
 
El Señor le dice a Job: “Yo le puse límites al mar… yo le impuse límites con puertas y cerrojos y le dije: hasta aquí llegarás, no más allá. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas”. Es claro que sólo el Creador tiene poder sobre el mar y toda la naturaleza. Los humanos somos colaboradores, no dueños de la creación. El uso indebido, la manipulación y destrucción de ella son causa de muchos males que nos aquejan. El Papa, en las encíclicas Laudato Si´ y Laudate Deum, nos hace un llamado urgente a valorar y cuidar la creación. Cuando nos extralimitamos y rompemos las normas establecidas por Dios, la naturaleza se vuelve en contra de nosotros, provocando daños severos en la humanidad.
 
La Palabra de Dios, por una parte, nos invita a confiar siempre en la presencia de Dios, sobre todo ante todo tipo de amenazas y peligros; pero, por otra parte, nos llama a reconocerlo y respetarlo como Dueño y Señor de todo y a respetar las leyes que Él mismo ha puesto en la naturaleza y que nosotros no tenemos derecho a quebrantar, para favorecer cualquier tipo de intereses ajenos a los fines de su Creador.
 
Jesús, el Hijo eterno, participa del poder de su Padre, como lo demuestra en el episodio de la tempestad calmada. Él, que se nos ofrece en su Palabra y en la Eucaristía, al mismo tiempo que busca suscitar la fe en los discípulos, también expresa su cercanía, su protección y su amor. Así nos lo recuerda san Pablo, cuando dice: “El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”.
 
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