Dejando un poco el evangelio de san Marcos, escuchamos hoy a san Juan que nos narra la multiplicación de los panes y de los peces. Este pasaje es el más recurrente en los evangelios, ya que aparece seis veces en ellos. Mientras san Marcos y san Mateo lo refieren dos veces cada uno, san Lucas y san Juan lo hacen una vez respectivamente. El relato evangélico viene preparado por el segundo libro de los Reyes en el que Dios, por medio del profeta Eliseo, multiplica milagrosamente el alimento. San Pablo, Por su parte, nos llama a vivir de manera digna a nuestra vocación.
San Juan refiere que Jesús se había marchado con sus discípulos hacia la otra orilla del Lago de Galilea a buscar un poco de tranquilidad, sin embargo, la muchedumbre los alcanzó. El Señor, preocupado por esa gente, de inmediato le pregunta a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” San Juan comenta que Jesús hizo esa pregunta para poner a prueba a sus discípulos. Felipe señala la imposibilidad de comprar pan para tantas personas. Andrés, por su parte, informa que un muchacho tiene cinco panes de cebada (la comida de los pobres) y dos pescados. Sin embargo, de poco o nada podrían servir para remediar una situación de tal magnitud, es decir, dar de comer a más de cinco mil personas.
Entonces Jesús hace sentar a la gente, toma los panes, da gracias a Dios y los reparte entre la multitud. Lo mismo hace con los pescados y el alimento no se agota. Toda la gente queda saciada y todavía se recogen bastantes sobrantes.
La abundancia de los trozos restantes hace comprender con mayor fuerza la importancia del milagro. Los restos de los panes llenan “doce” canastos, un número simbólico, que expresa “totalidad” en varios textos bíblicos. De esta forma se manifiesta el poder de Dios que alimenta a todo su pueblo. Más tarde, la comunidad cristiana interpretará esta multiplicación de panes y peces como anuncio del alimento inagotable de la Eucaristía.
La gente impresionada exclama: “Éste es, en verdad, el profeta que había de venir al mundo”. En efecto, los judíos esperaban para los últimos tiempos un profeta como Moisés, prometido por Dios (cf. Dt 18,15.18). Éste vendría a preparar un pueblo fiel para el cumplimiento del proyecto de salvación de Dios, que incluía abundancia de dones divinos, como la alegría, la paz, la prosperidad y la satisfacción de las necesidades, sobre todo de los más pobres.
En el relato de san Juan, la gente reconoce en Jesús a ese profeta, pero lo confunden con un soberano temporal, por eso la gente beneficiada por ese milagro intenta coronarlo rey. Sin embargo, Jesús “se retiró de nuevo a la montaña él solo”. No quiere que sus palabras y acciones se interpreten de forma equivocada. Él no ha venido para ser un rey terrestre, por eso rechaza una corona de tal índole, que no va acorde con la naturaleza de su condición mesiánica.
La enseñanza es muy clara. El Señor siempre está dispuesto a ayudar a los necesitados, como hizo con esa multitud, sin embargo, no se presta o acomoda a proyectos incompatibles con el Reino de su Padre, proyectos que se fundan en criterios mundanos y en intereses mezquinos. La reacción de Jesús pareciera poco agradecida, al desairar a la gente que quiere proclamarlo rey. Pero él sabe que su Padre lo ha enviado a inaugurar un Reino distinto, basado en la verdad, en la justicia, en el amor y en la santidad, y cuyo principio es: “que el mayor sea el servidor”.
Esa es también la enseñanza para todos nosotros. Los proyectos humanos, cuando están contaminados por intereses mundanos egoístas y mezquinos son ajenos e incluso contrarios, al proyecto de salvación de Dios, constituyen obstáculos para nuestro crecimiento espiritual y nos impiden ser verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo. En cambio, él nos muestra su amor, prodigando en nosotros la abundancia de sus dones, al mismo tiempo que nos exige una respuesta generosa. No podemos quitar la mirada en nuestro Soberano que reina, pero desde el trono de la cruz.
También san Pablo nos exhorta a actuar como nos lo pide la vocación a la que hemos sido llamados por Dios: “Sean siempre humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense mutuamente con amor; esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz”. Éste es precisamente el proyecto que Dios tiene para nosotros, un proyecto fundado en el crecimiento por el amor, no en la búsqueda de otros intereses ajenos o incluso opuestos a su plan divino de salvación.
En el episodio de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús nos muestra su inmensa generosidad y su exquisito amor, pero también nos enseña a comprometernos en caridad con nuestros hermanos. En realidad, la multiplicación de los panes y peces no ocurrió sólo una vez, ni siquiera las diversas ocasiones que refieren los evangelios, por lo que no terminó a las orillas del Lago Galilea, en un tiempo determinado. Jesús sigue multiplicando panes y peces cada vez que compartimos nuestro pan con el hermano hambriento, él sigue multiplicando el pan de la Palabra y de la Eucaristía, los que constituyen el principio más elocuente, más firme y eficiente de comunión y fraternidad.
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