Ese 24 de julio, el calor de Asís era abrumador, y habíamos caminado por horas. Cuando creí que tenía mi sueño cumplido al visitar la Basílica de San Francisco, no imaginaba que Dios me tenía preparado un regalo mucho mayor en un lugar llamado «La Porciúncula«.
La Porciúncula: el lugar donde San Francisco de Asís hablaba con Dios

Exterior de Santa María de los Ángeles, donde se encuentra la Porciúncula
Bajé del autobús con el deseo de arrepentirme y volver a mi asiento. Estaba tan cansada que tuve el impulso de decir que los esperaba y luego me contaran su experiencia en ese lugar con el extraño nombre de «La Porciúncula». Algo en mi mente me dijo «es otra iglesia más». ¡Qué bueno que el corazón sabe escuchar a Dios, porque este dijo «vamos»!
Casi al entrar, en un italiano algo acotado, le pregunté a Ana, nuestra acompañante, que no entendía ese concepto de «Porciúncula». Ella, con palabras y gestos, me explicó que se trataba de un pedazo de tierra, pero que en este caso era algo muy especial, rodeado de la protección de la Basílica, pues por dentro, en ese pedazo de tierra, se encontraba la capilla donde San Francisco de Asís hablaba con Dios.
En ese momento mi corazón dio un vuelco y se estremeció más y más cuando nos aproximamos para entrar a la pequeña capilla que estaba en el interior de la Basílica de Santa María de los Ángeles.
Cuando entré, no podía creer qué lugar estaban pisando mis pies. Ahí, en ese pedacito de dicha, Jesús le había concedido a Francisco el Perdón de Asís para toda la humanidad.
Lloré como nunca en mi vida. Hubiera deseado llorar ahí para siempre. Aún lloro al recordar lo que viví. Y nada ha podido igualar lo que mi corazón sintió en aquel momento.
Cómo anhelé el silencio y la soledad para mí, como la que vivió Francisco al ver a Dios y a su Madre del cielo.
«En este lugar murió San Francisco de Asís»

Capilla del cordón de San Francisco, donde se presumé que el santo falleció.
Ana nos esperó, prudente, fuera de la capilla. Cuando salí, me señaló una capilla que se encontraba del lado derecho.
“In quel luogo morì San Francesco d’Assisi.”
Volví a llorar. Llanto sobre llanto, latido sobre latido.
A mi mente vinieron las bellas palabras del libro de Donald Spoto, San Francisco de Asís, el santo que quiso ser hombre:
“La radiante luz del atardecer brilló sobre el valle y bañó las colinas que dominaban Asís. Al describir los últimos momentos de Francisco, sus amigos no olvidaron un detalle: vino una bandada de pájaros, llamadas alondras, que, a poca altura sobre el techo de la casa en que él yacía, volaban y revoloteaban cantando”.