La resurrección del Señor es al mismo tiempo un signo del poder de Dios y de su infinita misericordia. Así como vence el pecado y la muerte, también expresa el amor infinito de quien murió y resucitó por nosotros. El Papa Francisco, de feliz memoria, nos enseñó: «Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia» (MV 6). La Palabra de Dios nos enseña cómo el poder de Dios expresa también su misericordia.
Los apóstoles son testigos de la resurrección del Señor por medio de milagros y prodigios, que manifiestan el poder del Señor resucitado y su bondad hacia los necesitados. Los milagros revelan la nueva vida en Cristo glorioso.
Esa manifestación del Señor vivo y glorificado en el Apocalipsis es asombrosa y transformadora a la vez. El Señor, que pasó de la muerte a la vida, también hace vivir a los que creen en él.
San Juan narra la aparición de Jesús a sus discípulos el día de la resurrección. Entra a puerta cerrada, demostrando su poder, pero también ofrece paz y alegría, expresiones de misericordia. Sus manos y costado tienen las marcas de su entrega por amor. Jesús los vuelve a enviar a la misión ya que la resurrección abre paso a un poderoso dinamismo apostólico, capaz de transformar al mundo, envuelto en muchas sombras de muerte.
San Juan menciona que cuando Jesús se presentó a sus discípulos, Tomás estaba ausente y no les creyó que lo habían visto. Su respuesta, “si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creeré”, suena terrible en sus labios de apóstol.
Pero Tomás recibe una lección no menos dura que sus palabras cuando Jesús le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente”. Sin embargo, Tomás encarna a muchos hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares que quieren tocar con las manos lo que sólo puede ser visto y contemplado con los ojos de la fe. La lección es para todos los que ponen la fe en el nivel de lo que puede ser sometido a comprobaciones físicas.
Este segundo domingo de Pascua nos invita a experimentar y a ser testigos del poder del Señor resucitado y de su infinita misericordia, como tantas veces nos invitó el Papa Francisco, quien se ha marchado a celebrar ya la Pascua eterna.
