Reflexión de Nochebuena sobre el misterio de la Navidad: el Hijo eterno de Dios se hace hombre, luz que vence las tinieblas, Príncipe de la Paz y Pan de Vida que renueva la esperanza y llama a construir una sociedad más justa y fraterna.
Hoy es Nochebuena. Contemplamos al Hijo eterno de Dios que quiso compartir nuestra débil y frágil naturaleza humana. El misterio de la Navidad supera toda imaginación. Los cielos se asombran y los ángeles celebraran y cantan por tan grande acontecimiento: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama Dios”. Las tinieblas son vencidas y “el Pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz, una luz resplandeció”, como lo anunció el profeta Isaías. Sobre la humanidad, sumergida en oscuridad y en sombras de muerte, causada por el pecado y la injusticia, surge victorioso el “Sol que nace de lo alto”. Sobre nosotros pecadores, se derrama la luz del Hijo eterno hecho carne.
Y mientras ángeles y pastores entonan cantos jubilosos de alabanza, un niño recién nacido yace en el humilde pesebre. Dos pobres, cansados y hambrientos peregrinos, María y José, contemplan llenos de asombro y júbilo aquel misterio inimaginable. Ese niño, pobre entre los pobres, que ha tomado la condición humana y ha puesto su morada entre nosotros, es el Hijo unigénito del Padre, el Verbo eterno hecho frágil carne.
Urge recuperar el sentido original de la Navidad, que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo. En el S. IV, se buscó cristianizar la fiesta de la Roma pagana “Dies natalis solis invicti” (“el Día del nacimiento del sol invencible”), en el solsticio de invierno. La Navidad celebra el nacimiento del “verdadero Sol que nace de lo alto”, el Salvador de la humanidad. Paradójicamente, siglos después, muchas veces, como en un movimiento pendular, hemos ido regresando esta fiesta cristiana a fiesta pagana. Si una vez se quiso dejar la idolatría, para adorar al Hijo eterno de Dios, sin embargo ahora Navidad muchas veces es motivo de culto idolátrico al consumismo, a la diversión, a comer y a beber, a vicios y placeres.
El Señor nos invita a recobrar al sentido original y auténtico de la Navidad. Quiere que nos dejemos iluminar por la luz que irradia Jesús, nacido para nuestra salvación. Dejemos que la luz de su amor destruya toda oscuridad y abra paso a la misericordia, para que en nosotros brille la luz divina.
Dios se ha hecho uno de nosotros, para compartir nuestra humanidad y llevarnos al Padre. El Niño se ha acurrucado en nuestra pobreza, el Infinito ha asumido nuestra caducidad para que alcancemos lo que pareciera imposible: la paz, el perdón, la fraternidad, el amor. El anuncio del nacimiento del Salvador cambia la noche oscura del dolor en aurora que llena de esperanza. Con los pastores vayamos presurosos a Belén a adorar al Salvador y anunciar lo que nuestros ojos contemplan. Como ellos, vayamos pregonando por todas partes la Buena Nueva.
Dejemos que llegue a nuestro corazón el anuncio de Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será: ‘Consejero Admirable’, ‘Dios poderoso’, ‘Padre sempiterno’, ‘Príncipe de la paz’”. Este pequeño puede alcanzarnos la verdadera paz tan anhelada y tan destrozada en nuestra patria por la violencia, el crimen, la injusticia y la corrupción.
Necesitamos la paz que sólo el “Príncipe de la Paz” puede otorgarnos, pero que también nos compromete a construir con esfuerzo, decisión, fe y convicción. Si de verdad creemos en el Príncipe de la Paz, dejémonos invadir de su presencia, para que visite todos los espacios de nuestra sociedad y de nuestras familias. Esperamos esa la estrella que venga a disipar la oscuridad que provoca la violencia, que nace de la intolerancia, de los odios y divisiones que propician luchas fratricidas.
El nombre de “Belén” (Bet-léhem) podría significar “Casa del Pan”. Allí ha nacido el “Pan de la vida” para saciar el hambre de la humanidad hambrienta física y espiritualmente. Todo él es “Pan”, alimento: su palabra, su persona, su testimonio y desde luego, su Eucaristía. Pero el Pan vivo también nos pide procurar el alimento de nuestros hermanos.
En esta noche santa de Navidad descubramos al “Dios-con-nosotros”, que ha venido a saciar con su misericordia a los hambrientos, a los miserables, a los invisibilizados y olvidados por la sociedad, preocupada por intereses materialistas, consumistas y hedonistas.
Que los clamores de ángeles y pastores resuenen y despierten la esperanza que nos lleve a construir una sociedad de libertad, de comprensión, de paz, de justicia, de armonía, de verdad y misericordia. Que nuestra patria mexicana, flagelada por el crimen, la violencia y la corrupción, llegue a ser otro Belén, donde se escuchen cantos y alabanzas, con notas musicales de perdón, reconciliación y hermandad. Entonces podremos contemplar la estrella que iluminará un futuro nuevo y distinto.