La Palabra de Dios nos invita hoy a reflexionar sobre uno de los pilares más profundos y necesarios de la vida cristiana: la fe.

La encíclica Lumen Fidei (“La luz de la fe”), escrita “a cuatro manos” por los Papas Benedicto XVI y Francisco, nos recuerda que “la fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos a lo largo de la historia” (n. 4). En ella se subraya la urgencia de redescubrir la luminosidad propia de la fe, porque “cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo”.

Esta luz no proviene de nosotros mismos, sino de Dios mismo, que se nos revela en el amor. Como afirma la encíclica: “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor” (n. 4).

La fe que hace posible lo imposible

En el Evangelio según San Lucas, los discípulos piden a Jesús: “Auméntanos la fe”. Ellos comprendían que sin fe era imposible vivir plenamente el perdón, la caridad y las exigencias del Evangelio.

Jesús responde con una imagen poderosa: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este árbol: arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”.

Esta metáfora expresa que la fe, aunque parezca pequeña, tiene una fuerza capaz de transformar lo imposible en realidad.

La fe no es solo creer en Dios, sino confiar radicalmente en Él, incluso cuando las circunstancias humanas parecen desfavorables. Por eso, en muchos milagros, Jesús no atribuye la curación a su poder, sino a la fe de quien lo busca: “Tu fe te ha salvado”.

El ejemplo de Habacuc: perseverar en medio de la oscuridad

El profeta Habacuc, frente a la violencia y la injusticia de su tiempo, clama a Dios: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me escuches?”.

Dios le responde con una promesa: “El justo vivirá por su fe” (Hab 2,4).

El Señor le pide esperar con confianza, porque su palabra se cumplirá en su tiempo. Esta enseñanza atraviesa los siglos y llega hasta nosotros: la fe es el ancla que sostiene el corazón cuando todo parece derrumbarse.

La fe como don y compromiso

La fe no es mérito humano, sino don gratuito de Dios. Sin embargo, también implica un compromiso: cultivarla, vivirla y compartirla.

Jesús pide a sus discípulos crecer en la fe; San Pablo exhorta a Timoteo a conservar la “sólida doctrina” y a no avergonzarse del Evangelio. Todos ellos entendieron que la fe no es solo creer, sino testimoniar.

Como enseña Lumen Fidei, “la fe ilumina toda la existencia humana con una luz que viene de lo alto”. Esa luz orienta nuestras decisiones, da sentido a nuestro sufrimiento y nos impulsa a amar con esperanza.

La fe, motor de una vida transformada

Sin fe, dice el texto, corremos el riesgo de convertir nuestra relación con Dios en una negociación o en un intercambio de favores.

Pero quien vive la fe verdadera reconoce que somos siervos humildes, llamados a servir con amor, no a exigir recompensas.

Alimentados con la Palabra y la Eucaristía, nuestra fe se fortalece. Solo con ella podremos perdonar, perseverar y anunciar el Evangelio en medio de un mundo que, con frecuencia, elige la oscuridad antes que la luz.

Fe, esperanza y caridad: el corazón del cristianismo

La fe no camina sola. Está siempre unida a la esperanza y a la caridad, las tres virtudes teologales que sostienen la vida cristiana.

Como enseña Lumen Fidei: “En unidad con la fe y la caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto… que da fuerza para vivir cada día” (n. 57).

Por eso, creer es iluminar, esperar es avanzar y amar es vivir en plenitud.

Solo una fe viva y luminosa puede devolver al mundo el sentido y la paz que tanto necesita.