Cada jueves posterior a la celebración de Pentecostés, la Iglesia celebra la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, una conmemoración especial que nos recuerda que Cristo no solo fue víctima de la redención, sino también el sacerdote perfecto que se ofreció a sí mismo por amor.
Descubre más sobre el significado de esta fiesta y su importancia en el calendario litúrgico.
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Jesucristo: el único sacerdote perfecto
Mientras que en el Antiguo Testamento los sacerdotes ofrecían sacrificios externos, Jesucristo ofreció su propio cuerpo y sangre como sacrificio definitivo. Por eso, lo reconocemos como el Sumo y Eterno Sacerdote, porque su entrega no necesita repetirse: fue única, santa y perfecta.
Un llamado al sacerdocio espiritual
Esta fiesta no es solo para los sacerdotes ordenados: todos los bautizados compartimos, en Cristo, un llamado al sacerdocio espiritual; es decir, a ofrecer nuestras vidas como ofrenda a Dios en nuestro día a día.
Celebrar a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote es reconocer que solo en Él encontramos el verdadero puente entre Dios y los hombres, y que su sacerdocio es eterno, sin principio ni fin.
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Una fiesta para rezar por los sacerdotes
En este día, la Iglesia invita de manera especial a orar por todos los sacerdotes del mundo, para que su vida refleje cada vez más la de Cristo: pobre, obediente y entregado por amor.
La Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote nos invita a contemplar el corazón de nuestra fe: un Dios que no solo se ofreció por amor, sino que sigue acompañando a su Iglesia como guía y mediador eterno. Al celebrar esta solemnidad, recordamos que su sacrificio permanece vivo en cada Eucaristía y que todos, como pueblo de Dios, estamos llamados a unirnos a esa entrega diaria.
Que esta fiesta renueve en nosotros la gratitud por el don del sacerdocio y el deseo de seguir a Cristo con un corazón fiel y generoso.
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