Emmanuel: cuando Dios nos invita a confiar y a cambiar nuestros planes
Celebramos el cuarto y último domingo del Adviento. La liturgia nos ofrece tres lecturas relacionadas con el misterio de la Navidad: la profecía de Isaías acerca del Emanuel, el cumplimiento de las Escrituras en Jesús, como nos recuerda san Pablo y el anuncio a José, esposo de María, sobre el nacimiento de Cristo, según la narración del evangelio de san Mateo.
Cerca de ocho siglos antes del nacimiento de Jesús, el profeta Isaías pronunció la profecía del Emmanuel. En ese tiempo los pequeños reinos del Cercano Oriente, como el de Judá, al verse amenazados por la poderosa Asiria, decidieron aliarse y resistir al invasor. Así, Israel y Aram buscaron formar una coalición y arrastrar al rey de Judá, Ajaz. Pero éste no sólo no aceptó, sino que planeó abrir la puerta a la propia Asiria. Ante la inminente invasión, se sentía más seguro así. Es entonces cuando el Señor, por medio de Isaías, cuestiona al rey su falta de fe confianza y de fe. El profeta desafía a Ajaz para que pida una señal de que Dios está con él y no busque otras seguridades. El monarca, con pretexto de “no tentar a Dios”, no quería renunciar a sus propios planes. Sin embargo, el Señor de cualquier modo le va darle una señal de su presencia: un niño que nacerá de una doncella.
La “profecía del Emmanuel” en su origen tuvo sólo sentido simbólico. El nacimiento de ese niño sería el signo de que Dios estaba con su pueblo, para que éste no buscara otras seguridades. Así se evidenciaba que los planes de Ajaz eran producto de su falta de fe y seguridad en Dios y del exceso de confianza en sí mismo, en sus propios planes y en poderes humanos. En ese momento ni el propio Isaías podía descubrir los alcances mesiánicos que tendría la profecía del “Emmanuel”, los cuales habrían de cumplirse en el verdadero “Dios-con-nosotros”, Jesucristo. La comunidad cristiana se encargó de mostrar el sentido pleno de esa profecía. San Pablo también habla del Evangelio “anunciado por los profetas en las Sagradas Escrituras y que se refiere a Jesucristo nuestro Señor…”. Y es que las profecías se cumplen en Jesús, el Mesías prometido.
San Mateo es quien subraya con mucha fuerza el cumplimiento de lo anunciado por Isaías. Unos ocho siglos después, María y José, una pareja de jóvenes comprometidos en matrimonio, tenían planes de formar un hogar y esperar la bendición prometida en el Salmo 128, para quien respeta al Señor y sigue sus caminos: “Tu esposa será como una vid fecunda en medio de tu casa, tus hijos como brotes de olivo alrededor de tu mesa”. Estos eran los planes de María y José, sin embargo el Señor les pide cambiarlos. Entre el tiempo de la promesa de matrimonio y la boda, “sucedió que ella estaba esperando un hijo”.
Contrario a lo ocurrido con Ajaz, que se aferraba a sus planes, María y José, aun sin entender bien lo que Dios les pedía, aceptan el designio divino. José, que era “justo”, no quiso exhibir a María, por eso “pensó dejarla en secreto”. Pero mientras reflexionaba estas cosas, tuvo una revelación de Dios. Un ángel le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Así es como tiene pleno cumplimiento la profecía de Isaías. Ya no se trata sólo de un niño nacido, ocho siglos antes, de una doncella o de una madre virgen, como gesto simbólico de que Dios está en medio de su pueblo, sino que acontece la presencia de Dios mismo, en su Hijo amado. Jesús es el auténtico “Emmanuel”, el verdadero “Dios-con-nosotros”.
Aquella profecía se cumple gracias también a la disposición de María y de José. Ellos decidieron renunciar a sus proyectos personales para acatar la voluntad de Dios y colaborar en su plan de salvación. En esto consiste precisamente el calificativo de “hombre justo” que recibe José. Él es capaz de discernir y hacer lo que Dios quiere, a pesar de tener proyectos personales distintos. No obstante las incertidumbres y falta de comprensión, María y José están dispuestos a colaborar con el plan de salvación de Dios. Disciernen la voluntad del Señor y la cumplen.
En la preparación para celebrar la venida de Cristo en su encarnación, pero también en espera de su retorno final y glorioso, necesitamos preguntarnos a quién nos asemejamos más: ¿a Ajaz, el rey de Judá, en tiempos de Isaías, o a José y a María, en la plenitud de los tiempos? Mientras aquel, confiando en su astucia, se aferraba a sus propios planes, los padres de Jesús, a pesar de sus dudas e incertidumbres, asumieron dócilmente la voluntad de Dios, sacrificando sus proyectos personales, de suyo buenos y legítimos. No siempre es fácil discernir lo que el Señor nos pide, pero es necesario aprender a hacerlo y colaborar así con su plan de salvación.
¿Estoy dispuesto a renunciar a mis propios planes para discernir y buscar realmente la voluntad de Dios? ¿Por lo menos me pregunto qué es lo que el Señor pide de mí? Alimentados con la Palabra y la Eucaristía, reflexionemos, oremos y pidamos que la luz del Espíritu Santo ilumine y guíe nuestro discernimiento y sepamos actuar en consecuencia.
