Hace unos días hemos celebrado la Navidad. Con su nacimiento, Jesús quiso compartir nuestra naturaleza humana y todo lo que ésta implica, entre lo que destaca tener una familia. Aunque él era en realidad el Hijo eterno del Padre, “la imagen fiel de su ser”, como dice la Carta a los Hebreos, sin embargo al encarnarse también quiso asumir una realidad importante en la vida de los seres humanos. Quiso participar en el proyecto de la “familia” que Dios tuvo desde el principio de la humanidad. Hoy celebramos precisamente la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret.
Familia: un sustento para la Iglesia
A pesar de que la sociedad actual, muchas veces ha hecho perder el sentido profundo de la familia, sin embargo ésta sigue siendo uno de los pilares básicos de toda sociedad y un principio que da sustento a la Iglesia, la “gran familia de los hijos de Dios”.
Desde un punto de vista estrictamente natural, la familia es de suyo muy relevante. En efecto, para tener una fuerza y conseguir mejor el sustento, muchos seres vivos que pueblan nuestro planeta tienden a agruparse y a constituir núcleos sociales, cuya base son los progenitores con los hijos que van procreando. Los humanos, además de compartir esta realidad natural de los demás seres vivos, tenemos además la capacidad de entablar vínculos afectivos y establecer relaciones profundas, la cualidad que nos constituye a las personas. Podemos así formar auténticas familias, fundadas en las relaciones interpersonales, en el amor, la comprensión y la reciprocidad.
Desde la perspectiva de la fe, la familia forma parte del proyecto de Dios para la humanidad y tiene su base en la misma vida interna de Dios, la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas, pero cuya unidad, fundada en el amor, es tan plena y perfecta que forman un solo y único Dios.
A partir de la experiencia del patriarca Abraham, la Palabra de Dios enseña que los hijos son dones de Dios. La familia fundada en el amor entre el marido y la mujer es bendecida con la fecundidad. La prole es don de Dios y participación en su ser creador. Los humanos son, con él, procreadores de hijos. Por eso, en el libro del Génesis, cuando nació el primer hijo de Adán y Eva, ésta llega a exclamar: “he procreado un hombre con el Señor” (Gn 4,1). Tal afirmación daba a entender que la maternidad está vinculada estrechamente a Dios, para la procreación de los hijos.
Abraham y su esposa Sara, ancianos y llenos de tristeza han perdido la esperanza tener hijos. Él reconoce y agradece los dones recibidos de Dios, pero pregunta desilusionado de qué sirven si no los puede trasmitir a sus descendientes. Un criado va a ser su heredero. Entonces el Señor le hace una promesa al Patriarca: “Ese no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas”. Llevándolo fuera le dice: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes… Así será tu descendencia”. Abraham creyó en el Señor, por lo que fue considerado “justo” y le fue cumplida la promesa.
La Carta a los Hebreos hace comprender que los hijos no son propiedad sino don. Un hijo es un tesoro que pertenece más a Dios que a los propios padres. En este sentido Abraham vivió una experiencia muy dolorosa, cuando el Señor le puso una dura prueba, al pedirle que le ofreciera a Isaac, el hijo engendrado en la vejez y la promesa que el mismo Dios le había hecho. Aunque la prueba era incomprensible, Abraham, padre en la fe, obedeció a Dios con total confianza. A pesar de que ese hijo era muy preciado y la garantía de su posteridad, sin embargo le pertenecía al Señor, quien a pesar de ser “Dueño” de la vida, no acepta sacrificios humanos.
La prueba de Abraham enseña sobre todo que la vida de los hijos pertenece sólo a Dios. Por tanto, nadie, ni los padres mismos, puede decidir sobre esa vida, aunque tenga sólo unas semanas de gestación. Cuando una sociedad permisiva, bajo pretextos de libertad, acepta que las madres asesinen a sus propios hijos, se pierde el respeto y valoración de la vida y abre paso a muchas formas de crimen, generando una cultura de muerte.
San Lucas narra cómo María y José entienden que Jesús no es propiedad suya, sino que lo han recibido del verdadero Padre, Dios. Pocos días después del nacimiento, llevan el niño a Jerusalén para manifestar que pertenece a Dios, como prescribe la ley de Moisés: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones”. Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, vaticina que Jesús va a ser signo de contradicción, para que aparezcan las intenciones reales y profundas de las personas. Incluso, él mismo debe convertirse en objeto de persecución y de condena injusta. Simeón también le predice a María: “Y a ti, una espada te atravesará el alma”. La suerte de Jesús y de su madre son dolorosas pero fecundas.
San Lucas refiere que una vez que cumplieron los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su pueblo Nazaret y que “el niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él”. El Hijo eterno del Padre, su Sabiduría infinita, asume el proceso normal de crecimiento del ser humano, en el seno de una familia, proyecto original del Creador, desde el principio de la humanidad.
La familia es ese proyecto divino, basado en la unión del hombre y la mujer, cuyos frutos preciosos son los hijos, que pertenecen sólo a Dios. Este proyecto sigue vigente, a pesar de que, en aras de una engañosa modernidad, se pretenda hacer creer lo contrario. La familia cristiana tiene la misión de luchar por el respeto a la vida de los hijos, acompañarlos, educarlos, favorecer su crecimiento pleno e integral.
Los que creemos en el Verbo eterno de Dios que, al encarnarse, quiso tener una familia, recibimos la misión de valorar y promover este proyecto divino, aunque muchas veces tengamos que navegar contra corriente. Ésta es tarea de toda la “gran familia de Dios”, la Iglesia entera, fortalecida con la fuerza de la Palabra divina y el alimento de la Eucaristía.