Gaudete: gozo en medio de la espera: reflexión de S. E. Adolfo Castaño
El tercer domingo del Adviento, denominado “Gaudete” (“gócense”, en latín), nos invita a alegrarnos. Si bien este tiempo es de preparación para esperar la venida del Señor, a través del compromiso y esfuerzo espiritual, sin embargo nuestra esperanza tiene que ser gozosa.
El profeta Isaías, contrastando la suerte de las naciones paganas con la gloria del Pueblo elegido, entona un “himno de restauración”, caracterizado por expresiones de júbilo. La presencia de Dios genera una transformación que incluso impacta a la naturaleza misma: “Regocíjate yermo sediento.
Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo…” Isaías anuncia que la gloria de Dios tendrá expresiones portentosas, motivos de gozo: “Se iluminarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo, y la lengua del mudo cantará…” Este bello y jubiloso “himno de restauración” se debe a que el Señor se acuerda siempre de su pueblo y lo rescata de sus males. Aunque los panoramas parezcan sombríos, cuando el Señor está presente, existe siempre la luz de la esperanza, capaz de iluminar los escenarios más oscuros de la vida.
Jesús cumple lo anunciado por Isaías. Cuando Juan el Bautista envía a sus discípulos para preguntarle sí es él quien había de venir, el Señor no responde con discursos. Les invita a constatar las maravillas que están aconteciendo y que ponen de manifiesto su mesianismo: “Vayan a contar Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”. Se está cumpliendo lo que anunció Isaías. Esos signos son motivo de grande gozo, ya que expresan la presencia salvadora de Dios, en su Mesías que ha llegado.
El Apóstol Santiago también llama a la esperanza, que al final se corona de gozo. Toma una imagen del campo. El labrador trabaja la tierra con esfuerzo, pero sabe que la cosecha depende de Dios, que manda la lluvia. La confianza en Dios y el esfuerzo personal se conjugan. La esperanza se verá colmada de alegría al recolectar los frutos. De igual modo, la fe firme y la confianza absoluta en Dios, unidas a nuestro esfuerzo cotidiano, nos harán experimentar el gozo de la presencia gloriosa de Cristo.
La esperanza cristiana es actitud paciente, pero al mismo tiempo activa y gozosa, pues sabemos que los esfuerzos serán premiados por la benevolencia divina. La genuina esperanza, de la cual estamos llamados a ser peregrinos, es alegre porque posee la seguridad de que Dios nunca nos abandona, a pesar de las pruebas.
El Adviento es una buena oportunidad para renovar nuestra espera gozosa y la alegría de creer y anunciar el Evangelio. Nos decía el Papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).
Este domingo de Adviento nos invita a renovar nuestra espera gozosa y la alegría de creer y anunciar el Evangelio, sin importar que muchas veces tengamos que enfrentar numerosas dificultades y escenarios hostiles. También e verdad que en la adversidad se prueba, se templa y se fortalece la genuina esperanza. El Padre misericordioso está siempre con nosotros.
El Adviento es ciertamente un tiempo especial para preparar la venida Señor con espíritu de conversión y esfuerzo espiritual, pero nuestra espera, alimentada con la Palabra y la Eucaristía, es gozosa. Si bien existen muchos males en el mundo, hay también signos de la presencia de Dios, tales como el amor, el perdón, la búsqueda del bien y la verdad, así como las maravillas de la creación misma.
La alegría a la que nos invita este domingo Adviento no consiste en los falsos y fugaces espejismos del materialismo consumista o de los vicios, como el alcohol, las drogas y todos los placeres efímeros. Es otro tipo de alegría. Es aquella que nace de sabernos amados por el Padre, que ha enviado a su Hijo para rescatarnos de toda clase de esclavitud. Es el júbilo de saber que el mismo Jesucristo volverá con poder y gloria al final de los tiempos y nos hará partícipes de la plenitud del gozo sin fin.
Agradecemos al Dios y Padre de bondad, por darnos el gozo inmenso de la salvación en tu Hijo Jesucristo. Le damos gracias por el Evangelio, que es el motivo de la más grande alegría y que hace 494 años vino a traer Santa María de Guadalupe a esta nuestra tierra de ayer y hoy, tan herida y lastimada por la violencia, el odio, la injusticia, el crimen… A pesar de todo, ese Evangelio nos infunde esperanza y nos colma de alegría.
