XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

MENSAJE DE NUESTRO OBISPO ADOLFO MIGUEL SOBRE DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

20 de septiembre de 2020

Hermanos en Jesús nuestro Maestro bueno y generoso

El pasaje del evangelio de este domingo es sorprendente, desconcertante y hasta polémico. Una vez más Jesús rompe los esquemas de la lógica humana.

Unos cinco siglos antes, el profeta Isaías, al regreso del Exilio babilónico, en un tono de cierta decepción, por la infidelidad al Señor, expresa la necesidad de buscarlo y guardar la alianza. Invita a la conversión, pero también señala lo difícil que resulta a los humanos entender la “lógica” del Dios que ama, perdona y ofrece siempre una nueva oportunidad: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos”. Así queda manifiesta la dificultad para entender los criterios del Señor, tan distantes a los nuestros.

El evangelio de hoy transita por esa “otra lógica” (“ilógica”) de Jesús. “Los últimos serán los primeros”, parece incomprensible o por lo menos desconcertante. Pero así lo enseña e ilustra él con una singular parábola. La misma frase con la que inicia y concluye enfatiza un criterio muy diverso a los que nosotros usamos.

Jesús compara la llegada del reinado de Dios con lo que ocurre cuando unos jornaleros son contratados para trabajar en una viña. La parábola presenta un escenario típico de aquella cultura. Al llegar la vendimia el tiempo apremiaba, por lo que era preciso acelerar la cosecha antes de que aparecieran las lluvias y las frías noches. Los propietarios salían a buscar trabajadores, incluso fuera de las horas habituales. El salario era generalmente un denario al día (de aquí el nombre de la moneda), pero podía variar según el trabajo realizado.

La parábola de Jesús es muy sorprendente. En un principio todo parece normal. Un propietario sale a horas diversas y contrata obreros para su viña. Al atardecer, dice a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal”. Lo “anormal” aparece cuando inicia “por los últimos, hasta llegar a los primeros”. Debiera ser al revés, iniciar por los primeros y concluir con los últimos, pero no es así.

Cuando los de última hora reciben un denario cada uno, los primeros pensaron que les tocaría más. Pero sorpresivamente ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces comienzan a reclamar: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor”. Si los que llegaron primero no hubiesen visto el pago de sus compañeros tampoco habrían protestado. Se habrían ido contentos a sus hogares a llevar el sustento. Pero como vieron que los últimos recibieron lo mismo que ellos, entonces se sienten víctimas de una injusticia. Compararse con los demás genera envidia, la cual consiste básicamente en “mirar el bien ajeno como daño propio”.

El propietario responde a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No acordamos que te pagaría un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”. Para la lógica humana, se debió empezar por los primeros o, en todo caso, éstos debieron recibir un pago mayor. Sin embargo no existe injusticia alguna. Antes bien lo que hace el dueño es un gesto de bondad. El que es “Bueno” contrasta con los que tienen el “ojo malo” (“envidia”). La lógica humana va lo la línea cuantitativa, la de Dios se mide por la cualidad de la bondad.

En el tiempo en que se escribía el evangelio de san Mateo (cerca del año 80) era difícil a los cristianos de origen judío aceptar que los llegados del paganismo estuvieran en la misma condición y con los mismos derechos que los herederos de las promesas a Israel, los primeros que se habían integrado a la comunidad cristiana.

La sentencia suena fuerte: “Los últimos serán primeros y los primeros, últimos”. Pero la parábola enseña algo fundamental: la llegada del Reino revoluciona los conceptos humamos y crea un nuevo sistema de valores. En el punto más alto está la bondad del “Dueño de la viña”, que recibe a todos, incluyendo a los pecadores, los últimos según los criterios humanos. El “Bueno” por excelencia llama y retribuye libremente. Sólo pide responder al llamado.
Para entender la “lógica de Dios” es preciso dejar criterios mezquinos y entrar en sintonía con la bondad absoluta de quien llegó a entregar a su Hijo para salvar a los esclavos del pecado y liberarnos del “ojo malo”, la envidia y para que aprendamos la misericordia.

La pandemia está siendo una oportunidad de aprendizaje. Ella ha evidenciado nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Al mismo tiempo que desafía nuestra fe y esperanza, nos invita a revisar nuestros valores y criterios. Nos está enseñando a dejar la soberbia y a poner nuestra confianza en Dios, el “Valor absoluto”. Constatar nuestra fragilidad tiene que llevarnos a fortalecer la confianza en el Padre y en su Hijo. Así también podremos llegar a entender la experiencia de san Pablo: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”.

Padre de misericordioso, ayúdanos a entender cada vez más la “lógica del amor” que nos muestras en tu Hijo Jesús, de modo que comprendamos tus pensamientos y que nuestros valores y criterios sean como los tuyos. Enséñanos a poner nuestra confianza sólo en ti, para que podamos experimentar la vida que es Cristo. Amén.

Director de los Medios Digitales de la Diócesis de Azcapotzalco
Instagram: ramses_oliver

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