XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

MENSAJE DE NUESTRO OBISPO ADOLFO MIGUEL: XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

12 de julio de 2020

Hermanos en Jesús, Palabra eterna del Padre

Este domingo empezamos a escuchar una parte muy bella del evangelio según san Mateo. Se trata del discurso que Jesús dirige a sus discípulos, por medio de parábolas.

La Buena Noticia proclamada por Jesús fue ilustrada muchas veces a través de imágenes y comparaciones. Según un dicho judío, la parábola “es como una mecha que sirve para descubrir una piedra preciosa”. Y es que las imágenes se fijan más en la memoria, que las ideas abstractas. Las parábolas reflejan fiel y claramente la Buena Nueva de Jesús, en las circunstancias en las que él predicó. A veces, nuestra falta de familiaridad con esos ambientes, nos impiden captar toda su riqueza.

Las parábolas de Jesús ofrecen grandes enseñanzas, de modo sencillo. Expresan la alegría y la certeza que Dios y su reinado están presentes en nuestra vida e historia, a pesar de las dificultades. En ellas Dios nos invita a responder a su generosidad, pero también al riesgo de asumir su Reino y a responder a la provocación y desafío que ellas hacen en la vida de quienes creemos en Jesús y en su enseñanza.

La “parábola del sembrador” no busca presentar una siembra extraña o la torpeza de un negligente campesino que, por desgano o impericia, sin fijarse avienta semillas por todos lados. Refleja, más bien una praxis agrícola palestinense del s. I. Se echaba la semilla antes de arar la tierra, porque después el arado la cubriría. Eso explica por qué los granos caen en lugares diversos: el camino que trazan las personas al cruzar el terreno, el terreno pedregoso, los espinos y la tierra buena.
Esa forma de sembrar, en la Palestina de tiempos de Jesús, ayuda a enseñar lo que sucede con la Palabra del Señor. A pesar de ser la misma, sin embargo corre el riesgo de caer en terrenos diversos, variando su rendimiento.

Siglos antes, el Profeta Isaías, con la bella imagen de la lluvia y la nieve, anunciaba que la Palabra que saliera de Dios, tendría que volver a quien la pronunció con buenos resultados: “hará mi voluntad y cumplirá mi misión”. Esa es precisamente la misión de la Palabra de Dios: producir frutos. Pero es necesario la generosa colaboración humana.

San Mateo pone de relieve la eficacia productiva de la semilla. Empieza refiriendo lo producido por la tierra buena, a partir del mayor resultado: “…dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta”. El orden (diverso a Mc 4,8) no es un simple detalle. San Mateo enfoca todo desde el sentido de “plenitud” que tiene la época mesiánica, en virtud de la presencia de Jesús. Se centra además en los discípulos de Jesús, destacando su comprensión, frente a la ignorancia de los “otros”: “a ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no…” Esto los lleva aun compromiso mayor.

Cuando san Mateo escribe su evangelio (alrededor del año 80), existe preocupación por los pocos resultados de la misión entre los judíos que no aceptan a Jesús como Mesías, ni escuchan su mensaje. Aunque la comunidad tiene el privilegio de haber recibido el Evangelio en la plenitud la historia, corre también el riesgo de incurrir en ofuscación, semejante o peor que Israel. Por eso, san Mateo llama con fuerza a la comunidad, para que tenga adhesión firme a la palabra y a la persona de Jesús.

También san Pablo, al insistir en que vivamos según el Espíritu, para reproducir la imagen del Hijo de Dios, quiere que aquí en la tierra testimoniemos la condición gloriosa y celestial del “Primogénito entre muchos hermanos”. Reproducir su imagen significa avanzar decididamente hacia la plena condición de hijos, en espera de participar en la gloria definitiva del Señor, cuando todas las creaturas, liberadas de sus ataduras, tengan parte en la herencia de los hijos.

En tanto, como discípulos de Jesús, seguimos en pie de lucha, dando frutos, a pesar de las dificultades y males que nos aquejan. La creación entera anhela participar de la libertad de los hijos de Dios, pues la maldad humana frustró el plan original de Dios. Nosotros mismos, aún teniendo el don del Espíritu, que intercede por nosotros, anhelamos la condición plena de hijos. Por eso, necesitamos seguir adelante, cooperando para que la Palabra de Dios produzca fruto abundante en nosotros.

Si bien la Palabra del Señor posee su propia eficacia interna, es imprescindible la participación y colaboración nuestra. De lo contrario se corre el riesgo de caer en tal dureza y ofuscación que, en grado extremo, podría provocar que lo que debiera ser causa de salvación, se llegue a convertir en motivo de auto condena. En efecto, el mayor pecado es precisamente la obstinación, “porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”. Ella cierra todo espacio a la gracia e impide la salvación que Dios nos ofrece gratuitamente en su Hijo amado.

Padre de bondad que nos has dado el alimento de tu Palabra en la Escritura y nos has enviado a tu propio Hijo, Palabra eterna que ha tomado nuestra condición y nos ha anunciado lo que ha visto de ti, ayúdanos aceptar esa Palabra. Que seamos terreno fértil y sepamos producir los frutos que tú esperas de nosotros. AMÉN.

Director de los Medios Digitales de la Diócesis de Azcapotzalco
Instagram: ramses_oliver

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