Después de que el domingo pasado la Palabra de Dios resaltara el símbolo del agua, hoy pone de relieve otros dos signos bautismales: la unción y sobre todo, la luz. El primer libro de Samuel refiere la “unción” de David quien al ser consagrado rey de Israel, se convierte en figura del “Ungido” (el “Mesías”) y de los “ungidos” por el bautismo. Por su parte, san Juan y san Pablo destacan la gran riqueza que posee el símbolo de la luz.
La luz, fuente de vida y signo de Dios
Igual que el agua, la luz es también muy importante para la vida. Nuestro planeta reúne las condiciones para tener vida, porque además de la presencia del vital líquido, contamos con astro un maravilloso que nos ofrece luz y calor, el sol. Ubicado a la distancia precisa de la tierra, el sol ilumina y propicia las condiciones necesarias y propicias para que pueda haber vida.
La luz posee también gran relevancia en la Sagrada Escritura. Si el primer acto creador de Dios fue separar la luz y las tinieblas (cf. Gn 1,3), al final de los tiempos y de la historia, la nueva creación tendrá a Dios como “Luz inextinguible” (Ap 21,5.23). De la luz que ahora alterna con las sombras de la noche, se pasará a la del día sin ocaso. Por eso también, la suerte final del ser humano puede definirse en términos de “luz” y “tinieblas”. La luz (salvación) viene de Dios, la oscuridad (condenación) es obra del Príncipe de las tinieblas. Es necesario optar por la luz de Dios y no por las sombras del Maligno.
Llamados a vivir como hijos de la luz
San Pablo exhorta a los cristianos de Éfeso, y también a todos nosotros: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por tanto, como hijos de la luz…”. El Apóstol saca las consecuencias de haber recibido el don de la salvación que Cristo Cabeza, ha dado a su Cuerpo, la Iglesia. Nuestra nueva identidad de cristianos radica en que “ahora somos luz en el Señor”.
La nueva condición de bautizados exige disposiciones y conductas nuevas que se expresan como “¡comportarnos como hijos de la luz!”. El bautismo es el paso del hombre viejo al nuevo y el paso de las “tinieblas”, ámbito del Maligno y de la muerte, a la “luz”, ámbito de Dios y de la vida.
Jesús, la Luz del mundo
San Juan nos presenta hoy el penúltimo de los siete “signos” (revelaciones del Mesías): la curación del ciego de nacimiento. Este signo lo manifiesta como “Luz del Mundo”, que exige discernimiento y opción: aceptar o rechazar la Luz. Los dirigentes judíos no quieren reconocer a Jesús como Mesías de Dios y lo acusan de blasfemo. Pero al actuar así rechazan la “Luz” y optan por las “sombras” de la incredulidad y del pecado. Ellos son los verdaderos ciegos, no aquel que nació privado de la vista física.
En tiempos de Jesús, muchos pensaban que bienestar o desgracia eran fruto de una conducta buena o mala. Los discípulos también consideran que la ceguera podría ser consecuencia de algún pecado. Pero Jesús explica que la enfermedad es una ocasión propicia para que Dios actúe y se muestre la verdad de su afirmación: “Yo soy la Luz”. Devolviendo la vista al ciego de nacimiento, el Señor demuestra que él es la verdadera Luz y que quien lo acepta y cree en él, comienza a ver genuinamente. Este pasaje de evangelio nos enseña también que los males y sufrimientos, consecuencia directa o no de actos humanos, son oportunidades para abrirnos a la fe y a la salvación de Dios. El ciego de nacimiento aprovechó su penosa situación para abrirse a la fe. Capitalizó su ceguera física, para encontrar la “Luz” verdadera, que iluminó toda su vida.
Un testimonio que incomoda
El ciego de nacimiento es un paradigma del creyente, que al aceptar la “Luz” se convierte en persona incómoda. Su contundente testimonio es una denuncia contra quienes debieran llevar a Dios. Es por eso que los judíos deciden expulsarlo de la sinagoga. El ciego es prototipo de todo el que opta por creer en Jesús como Mesías, el que recibe la “Luz” verdadera y puede ver, pero que también debe enfrentarse al poder de las tinieblas y a sus partidarios, los que cegados por la incredulidad, practican el mal.
Los frutos de la luz
San Pablo nos recuerda los frutos de la luz: “bondad, justicia y verdad”. Por el bautismo recibimos la luz de la fe y la unción sagrada, para pertenecer al pueblo sacerdotal, profético y regio de Cristo. La Eucaristía nos lleva a producir esos frutos.
Pasar de las tinieblas a la luz significa discernir la voluntad de Dios y testimoniarla, rechazando las obras malas. Es preciso optar entre la “Luz” y las “tinieblas”. Sería absurdo pretender creer en Dios cuando se hace el mal, o que se tiene fe, cuando las acciones expresan oscuridad. Somos hijos de la luz o de las tinieblas.
Una invitación para esta Cuaresma
En esta Cuaresma, la Palabra del Señor nos invita a redescubrir y revalorizar la grandeza de nuestros dones bautismales, para ilumina nuestras oscuridades y sanar nuestras cegueras, pero también para ser testigos de la “Luz”, en un mundo sumergido en tinieblas y en sombras de muerte.