La liturgia del día 25 de diciembre nos conduce a las profundidades de un misterio que se revela en la encarnación de Cristo. No habla de Belén. Se remonta a lo arcano de la preexistencia divina de Aquel que, en la plenitud del tiempo, entró en la historia y compartió nuestra frágil naturaleza.
 
El profeta Isaías clama: “Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor rescata a su pueblo… Verá la tierra entera la salvación que viene de nuestro Dios”. La Navidad es motivo de enorme alegría y un gran aliento, sobre todo en tiempos difíciles. Dios se muestra cercano a nosotros, se hace presente en ese pequeño Niño, que nos trae el consuelo: “El Señor ha consolado a su pueblo”.
 
Isaías nos invita a mirar al mensajero que anuncia la paz, el bien y la salvación, el mensajero que dice a Sión “ya reina tu Dios”. El reinado de Dios se manifiesta de modo sorprendente en un pequeño que nace en condiciones de pobreza extrema. En nada se parece al nacimiento de un rey de la tierra, pues el reino de Dios llega en la sencillez. El nacimiento en un pesebre cambia nuestros criterios, para introducirnos en los del reino de Dios, en el que los bienaventurados son los pobres, los humildes…
 
La Carta a los Hebreos hace comprender que aquel pequeño niño nacido en Belén es “el resplandor de la gloria del Padre, la imagen fiel de su ser, y quien sostiene todas las cosas con su palabra poderosa… por quien hizo el universo”. Dios ha decidido no hablar más por medio de los profetas, como lo hizo de muchos modos en la antigüedad. Ahora ha querido hacerlo por medio de su propio Hijo. No hay otra manera más grande y elocuente del hablar de Dios, que en su propio Hijo, “Impronta fiel de su ser”. Ese pequeño, que todavía ni palabra puede balbucir, es quien “sostiene el mundo con su palabra poderosa”… ¡Paradoja increíble! Así son los misterios del Dios infinito e inefable y a la vez tan cercano.
 
La Carta a los Hebreos resume la misión del Hijo eterno del Padre: realiza “la purificación de los pecados” y se sienta “a la diestra de la Majestad en lo alto de los cielos”. Su dignidad es mayor que la de los ángeles. Pero al mismo tiempo, paradójicamente, Jesús es un humilde hijo de la frágil humanidad, pues quiso “asemejarse en todo a sus hermanos, menos en el pecado”. Pero aún así, los ángeles saben que él es superior a ellos, por eso lo adoran siempre, como en el pesebre de Belén.
 
El prólogo del evangelio de san Juan, que se proclama este día de Navidad, es también una hermosa exposición teológica y poética sobre el misterio de Cristo, de su preexistencia y encarnación. Ese humilde niño es en realidad “la Palabra que desde el principio estaba junto a Dios y era Dios”, desde toda la eternidad. En el Credo profesamos a Cristo “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho…”
 
Al mismo tiempo que san Juan presenta el maravilloso misterio del Verbo junto al Padre desde toda la eternidad, dice que una vez encarnado es la “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Pero señala también las paradojas: “En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él, y sin embargo el mundo no lo conoció… “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a quienes los recibieron, les concedió el poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre…”
 
Jesús, el Verbo eterno que ha asumido la fragilidad de nuestra carne quiere ser esa “Luz” que nos ilumine. Por eso puso su morada entre nosotros. Si lo recibimos, él disipará toda oscuridad y nos guiará por el camino de la verdad, permaneciendo siempre a nuestro lado. De lo contrario, quedaremos sumergidos en las tinieblas de la mentira y del pecado, sin poder encontrar el camino, ya que él mismo es” el Camino, la Verdad y la Vida”. Recibir su luz significa experimentar su presencia salvadora y reconfortante en nuestra vida, tan frágil y vulnerable; en nuestra existencia tan agitada y a veces tan vacía; en nuestro acontecer tantas veces sacudido por vientos despiadados que nos sacuden y amenazan con destruirnos.
 
Hoy somos invitados a acoger la oferta amorosa de nuestro Padre Dios. Bajo la luz de Jesucristo, buen Pastor, podremos atravesar las cañadas más oscuras y reconstruir nuestra humanidad tan llena de dolor y llanto. Sólo dejándolo que en realidad “ponga su choza entre nosotros” podremos sanar las heridas infligidas por la discordia, la violencia y las luchas fratricidas.
 
El Verbo eterno del Padre ha querido hacerse hermano nuestro para que vivamos como hijos de Dios y para fortalecer los lazos de fraternidad entre nosotros. Dejemos arder en los corazones la Luz divina del Verbo y testimoniemos que hemos creído en su nombre, pues hemos nacido de Dios. Sólo así pondrá su choza entre nosotros. De lo contrario, si los rechazamos y expulsamos, seguiremos asumiendo consecuencias lamentables de tantas vidas rotas, historias fragmentadas y existencias vacías. Hoy más que nunca necesitamos dejar que el Verbo encarnado habite realmente entre nosotros.