La palabra de Dios en este domingo alude a una capacidad humana que el Señor nos ha otorgado y nos personaliza: “el encuentro”. En efecto, fuimos creados para la apertura y relación hacia nuestro Creador y hacia nuestros semejantes. Pero el “encuentro” no significa sólo “co-habitar” en cierto espacio, sino sobre todo es “con-vivir”, es decir, compartir la vida.
 
 

El significado del “encuentro”

 
Hay encuentros y encuentros. Por desgracia están casos donde los seres humanos “se encuentran” para enfrentarse, atacar y subyugar, para destruir, agredir y asesinar… Son encuentros de violencia y muerte, que deshumanizan y generan tristeza y desolación. Por fortuna, sin embargo, existen los encuentros que transforman, enaltecen y generan vida, como los ejemplos que hoy encontramos en la Palabra de Dios.
 
La primera lectura narra el encuentro de Samuel con Elí y por medio de éste, con Dios, quien lo elige para una misión. El evangelio, por su parte, refiere el primer encuentro de dos discípulos de Juan el Bautista con Jesús. Estos pasajes presentan ejemplos elocuentes de aquellos encuentros capaces de transformar y dar un sentido a la vida.
 
La historia de Samuel es sugestiva. El libro que lleva su nombre refiere que en aquellos tiempos no era frecuente la palabra de Dios y, todavía más, que aquel chico era aún incapaz de reconocerla. En otras palabras, la posibilidad encontrar a Dios estaba prácticamente cerrada. El escenario es triste, sobre todo porque ocurre en el santuario de Siló, un lugar que debiera propiciar el “encuentro” con el Señor. Pero los hijos de Elí se habían apartado de Dios y manipulaban la religión en beneficio propio. El pueblo sufría. El Señor habla susurrando en medio de la noche, aunque el pequeño Samuel todavía no era capaz de reconocerlo. La cerrazón a su Palabra hace parecer como si Dios no hablara. Sin embargo es la falta de disposición la
que impide la escucha de la Palabra divina.
 
Samuel se hallaba en el santuario, donde su madre desde pequeño lo había confiado al sacerdote Elí. Una noche oye una voz que lo llama por su nombre: “¡Samuel, Samuel!” Éste pensó que Elí lo llamaba, sin embargo era el mismo Dios. En la narración, llena de colorido, destaca la disponibilidad del joven Samuel para responder. Esta actitud es precisamente la que abre paso al genuino encuentro, no sólo con el sacerdote Elí, sino con Dios mismo.
 
Samuel, cuando supo que era Dios quien lo llamaba, aconsejado por Elí, responde, con firmeza: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Esta respuesta expresa su disposición, la actitud esencial que abre paso al encuentro genuino con los demás y con Dios mismo. Estos encuentros son los que vivifican, transforman y cambian la vida.
 
San Juan refiere otro encuentro, el de Jesús con sus primeros dos discípulos. No es una narración anecdótica, sino el relato de un encuentro que transforma, reorienta y da sentido a la vida. Aquellos hombres que escucharon el testimonio de Juan, al referirse a Jesús como el “Cordero de Dios”, desearon seguirlo y convertirse en sus discípulos. Esto les implicará un cambio radical en su propia existencia.
 
Al verlos, Jesús les pregunta qué buscan. Ellos le responden a su vez con otra pregunta: “¿dónde vives?”. Pero no se trata sólo de una simple solicitud de información. Más bien quieren saber dónde pueden encontrarlo y estar con él. Jesús les responde: “Vengan y lo verán”. Estos hombres desean estar con él y formar parte de su comunidad. Jesús se abre al encuentro, los acoge e invita a “con-vivir” (“vivir-con”) él. Este encuentro en su más plena comprensión se llama “comunión”.
 
Estar con Jesús da sentido nuevo a la existencia, reorienta la vida y hace descubrir la propia misión. A Simón, este encuentro le llevó al cambio de nombre y, por tanto, de misión. Pasa a ser “Kefás” (piedra, roca, fundamento). El encuentro lo transforma total y absolutamente.
Jesús nos invita a encontrarnos con él. Desea que le preguntemos “¿dónde vives?” Él nos dirá: “vengan a ver”. Estaremos con él para escucharlo, “con-vivir” o ser parte de su familia. Él entonces hará de nosotros un templo, para que todo en nosotros tenga sentido sagrado. Pero necesitamos apertura y disposición para abrirnos a él y los demás hermanos.
 
El encuentro genuino con Cristo nos convierte en santuarios de Dios y nos lleva a respetar a los demás como templos del Espíritu Santo, como recuerda san Pablo. La manipulación y comercialización del cuerpo humano, en cualquiera de sus formas (prostitución, pornografía y todo tipo de fornicación) contradicen el valor sagrado que Dios ha creado en nosotros. Nos dice el Apóstol: “¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y que habita en ustedes?”. Y concluye: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a precio muy caro”. Jesús ha ofrendado su vida y derramado su sangre por nosotros que somos miembros de su cuerpo.
 
El Señor nos sigue invitando a encontrarnos con él y con los demás, a formar su comunidad y su familia, para que seamos ese templo donde habite su Espíritu. Ese encuentro acontece desde luego en la oración, en la escucha de la Palabra, en la Eucaristía y en los demás sacramentos, pero también en la cercanía con cada hermano, sobre todo el más necesitado. Este encuentro reorienta y otorga sentido pleno a nuestra existencia.