Iniciamos la tercera semana del Adviento. Este domingo, llamado “Gaudete” (“gócense”, en latín), nos invita a alegrarnos.
 
Si bien el Adviento es ante todo tiempo de preparación para esperar la venida del Señor, a través del compromiso y el esfuerzo espiritual, sin embargo se trata de una espera gozosa.
 
 

Gaudete: «Regocíjate yermo sediento»

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El profeta Isaías, contrastando la suerte de las naciones paganas con la gloria del Pueblo elegido, entona un himno “de restauración”, caracterizado por expresiones de júbilo.
 
La presencia de Dios logrará una transformación que incluso impactará a la naturaleza misma: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo…” Isaías anuncia que la gloria de Dios tendrá expresiones portentosas y motivos de gozo: “Se iluminarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán.
 
Saltará como un venado el cojo, y la lengua del mudo cantará…” Este bello y jubiloso himno de restauración se debe a que el Señor se acuerda siempre de su pueblo, al que rescata de sus males. No importa que las situaciones parezcan sombrías, cuando el Señor está presente, existe siempre la luz de la esperanza, capaz de iluminar los escenarios más oscuro de la vida.
 
Jesús cumple lo anunciado por Isaías. Cuando Juan el Bautista envía a sus discípulos para preguntarle sí es él quien había de venir, el Señor no responde con discursos. Les invita a constatar las maravillas que están aconteciendo y que corroboran su condición mesiánica: “Vayan a contar Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, lo leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”. Se está cumpliendo lo anunciado por Isaías. Esos signos son motivo de grande gozo, ya que expresan la presencia salvadora de Dios, en su Mesías y Salvador.
 
 

Llamado a la esperanza genuina

 
Por su parte, el Apóstol Santiago también llama a la esperanza genuina con una imagen del campo: “Vean cómo el labrador, con la esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempraneras y tardías. Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca”. El campesino trabaja la tierra empeñando todo su esfuerzo, pero sabe bien que la cosecha no depende de él mismo, sino de Dios, quien manda la lluvia.
 
La confianza en el Señor y el esfuerzo personal se unen y conjugan de indisolublemente. Su esperanza se verá colmada en la recolección de frutos. De igual forma, la fe firme y la confianza absoluta en Dios, unidas a nuestro esfuerzo cotidiano, nos harán experimentar el gozo de la presencia gloriosa de Cristo.
 
Podríamos, por tanto, definir la esperanza cristiana como una actitud paciente, pero al mismo tiempo activa y gozosa, sabiendo que nuestros esfuerzos serán premiados por la benevolencia divina. La genuina esperanza también es alegre porque posee la seguridad de que Dios está presente y nunca nos abandona, a pesar de las pruebas.
 
El Adviento es una buena oportunidad para renovar en nosotros la espera gozosa y la alegría de creer y anunciar la Buena Nueva de la salvación. Nos dice el Papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium 1).
 
 

Gaudete: una oportunidad para renovar nuestra esperanza

(Foto: Unsplash)

Elementos de la corona de Adviento. (Foto: Unsplash)

 
Este domingo de Adviento es una magnífica oportunidad para renovar nuestra espera gozosa y la alegría de creer y anunciar el Evangelio. No importa que muchas veces tengamos que pasar por numerosas dificultades y enfrentar escenarios hostiles.
 
Precisamente en la adversidad es donde se prueba y se templa la genuina esperanza. El Padre rico en misericordia está y estará siempre con nosotros, sus hijos. Él nunca nos abandona.
 
El Adviento es ciertamente un tiempo especial para preparar la venida Señor, en espíritu de conversión, pero esta espera, caracterizada por el compromiso y esfuerzo espiritual, es al mismo tiempo jubilosa. No podemos negar los muchos males que existen en el mundo, pero también es necesario aprender a descubrir los signos de la presencia de Dios, tales como el amor, el perdón, la búsqueda del bien y la justicia, además de las maravillas de la creación misma.
 
La alegría a la que nos invita la liturgia el tercer domingo del Adviento no es aquella de los falsos espejismos generados por los materialismos consumistas, por el alcohol, las drogas o los placeres efímeros. Es otro tipo de alegría. Es la que nace al sabernos amados por el Padre que ha enviado a su Hijo para redimirnos, es decir, rescatarnos de toda esclavitud. También es el júbilo de saber que el mismo Jesucristo volverá con poder y gloria al final de los tiempos y nos hará partícipes de la plenitud del gozo sin final.
 
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